Mi suegra me dominó en la boda de mi hija

Mujer joven y seductora

El bullicio de la fiesta apenas llegaba amortiguado hasta los sanitarios del fondo. Mi corazón latía tan fuerte que parecía querer salirse del pecho mientras esperaba, con la espalda pegada a la puerta fría de metal. Apenas habían pasado diez minutos desde que le lancé esa mirada cargada de intención a Elena, pero el tiempo se estiraba como si fueran horas.

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Todo había empezado en la mesa principal, con las copas de vino tinto circulando sin parar. Mi hija Lucía reía radiante con su vestido blanco, ajena a todo, mientras su flamante esposo charlaba con los invitados. Yo, como madre de la novia, intentaba mantener la compostura, pero Elena, mi suegra, no dejaba de observarme. Sus ojos verdes, intensos, me recorrían el escote con descaro. Tenía cincuenta y dos años, pero su cuerpo curvilíneo y esa actitud de mujer que sabe exactamente lo que quiere me tenían hipnotizada desde el primer brindis.

—Ven aquí ahora mismo —me había susurrado al oído cuando pasamos cerca en la pista de baile. Su aliento cálido contra mi piel me erizó todo el vello. No fue una invitación, fue una orden. Y yo, casada con su hijo desde hacía veintitrés años, obedecí sin pensarlo dos veces.

Ahora, encerrada en ese cubículo de lujo del salón de eventos en las afueras de Madrid, sentía la humedad creciendo entre mis muslos. Escuché el taconeo firme acercándose. La puerta se abrió de golpe y allí estaba ella, con esa sonrisa cruel y victoriosa que me hizo temblar de anticipación. Elena cerró tras de sí con un clic seco y me empujó contra la pared sin decir una palabra.

Sus manos grandes y suaves subieron por mis caderas, levantando el vestido de madrina que había elegido con tanto cuidado. No llevaba bragas, algo que ella descubrió al instante con un gruñido de aprobación.

—Mírate, tan mojada ya para mí —murmuró con esa voz ronca que usaba en las reuniones familiares para dar órdenes sin que nadie se diera cuenta—. ¿Cuánto tiempo llevas fantaseando con que te folle tu suegra, eh, Marta?

Yo solo pude gemir bajito. Tenía cuarenta y siete años, una carrera como abogada consolidada y dos hijos adultos, pero en ese momento me sentía como una universitaria novata a punto de ser devorada. Sus dedos expertos separaron mis labios hinchados y empezaron a frotar mi clítoris con precisión quirúrgica. Me arqueé contra ella, buscando más contacto.

Elena me besó entonces, un beso profundo y salvaje que sabía a champagne y a deseo reprimido durante años de comidas familiares. Su lengua invadió mi boca mientras dos dedos se hundían en mi interior sin piedad. El sonido húmedo de mi excitación resonaba en el pequeño espacio. Yo movía las caderas como una desesperada, follándome su mano sin ninguna vergüenza.

—Quítate el vestido —ordenó separándose apenas unos centímetros. Sus ojos brillaban con lujuria pura.

Obedecí torpemente, bajando la cremallera lateral hasta quedar solo con el sujetador de encaje negro y los tacones. Ella se relamió los labios al ver mis pechos pesados, liberados al instante cuando desabrochó el cierre frontal. Mis pezones ya estaban duros como piedras. Elena se inclinó y capturó uno con la boca, succionando fuerte mientras pellizcaba el otro. El placer era tan intenso que tuve que morderme el labio para no gritar.

De repente me giró, pegando mis tetas contra la pared fría. Sentí su cuerpo presionando contra mi espalda, sus manos abriendo mis nalgas con rudeza.

—Abre las piernas, puta —susurró en mi oído. El insulto me excitó todavía más. Separé los pies y arqueé la espalda, ofreciéndome completamente.

Su mano volvió a mi coño, ahora empapado, recogiendo mis jugos antes de subirlos hasta mi ano. Empezó a masajear el agujero fruncido con el pulgar mientras dos dedos volvían a follarme el coño con fuerza. Yo jadeaba contra la pared, dejando marcas de vaho en la pintura.

—Por favor… —supliqué sin saber exactamente qué pedía.

—Por favor ¿qué? Dilo claro, Marta. Quiero oírte suplicar como la zorra que eres.

—Fóllame más fuerte. Méteme los dedos en el culo también. Quiero correrme para ti.

Elena rio bajito, satisfecha. Introdujo el pulgar en mi ano de un solo empujón mientras aceleraba el ritmo en mi vagina. El doble penetración me volvió loca. Mis rodillas temblaban, el orgasmo se acercaba como un tren de mercancías.

—Eso es, córrete en mi mano. Quiero sentir cómo te contraes alrededor de mis dedos mientras piensas en tu marido y en tu hija bailando ahí fuera.

La humillación mezclada con el placer fue demasiado. Expliqué con un gemido ahogado, mi coño y mi culo apretando sus dedos con fuerza mientras el clímax me atravesaba como un rayo. Mis jugos chorrearon por su mano y por mis muslos.

Pero ella no había terminado. Me hizo arrodillarme sobre las baldosas frías. Su falda subió, revelando que tampoco llevaba nada debajo. Su coño estaba depilado, hinchado y brillando de excitación. Un piercing adornaba su clítoris.

—Ahora me vas a comer hasta que me corra en tu cara, nuera. Y vas a tragar todo.

Me agarró del pelo y presionó mi rostro contra su sexo. Olía a deseo puro, a mujer madura y poderosa. Empecé a lamer con avidez, rodeando el piercing con la lengua mientras introducía dos dedos en su interior. Elena gemía bajito, moviendo las caderas contra mi boca, follándose mi cara sin piedad.

—Más profundo. Chúpame el clítoris como si te fuera la vida en ello.

Obedecí, succionando ese botón hinchado mientras mis dedos la penetraban cada vez más rápido. Sus muslos empezaron a temblar. Sentí cómo su coño se contraía alrededor de mis dedos y de repente un chorro caliente inundó mi boca. Elena se corrió con violencia, apretando mi cabeza contra ella mientras intentaba no gritar.

Cuando por fin me soltó, me miró desde arriba con esa expresión de triunfo absoluto. Mi cara estaba empapada de sus fluidos, el rímel corrido, los labios hinchados. Me levantó por el pelo y me besó, probando su propio sabor en mi lengua.

—Esto solo es el principio —dijo mientras se arreglaba la ropa con calma—. Mañana, cuando todos estén en la resaca, vendrás a mi casa. Tengo juguetes que te van a volver loca. Y vas a pasar la tarde con el coño lleno de mi leche artificial mientras tu marido cree que estás de compras con las amigas.

Me dio una última palmada en el culo antes de abrir la puerta y salir como si nada hubiera pasado. Yo me quedé allí unos minutos más, intentando recuperar el aliento y la dignidad.

Cuando volví a la fiesta, Lucía me preguntó si me encontraba bien. Le dije que sí, que solo había sido un mareo por el calor. Mi marido me pasó una copa de vino y me besó en la mejilla. Yo sonreí, crucé las piernas y sentí todavía los restos de mi excitación pegajosa entre los muslos.

Elena, desde el otro lado de la mesa, levantó su copa hacia mí con una sonrisa discreta. Solo nosotras dos sabíamos lo que acababa de ocurrir en esos baños. Y yo ya contaba las horas para que volviera a usar mi cuerpo como le diera la gana.

La noche de bodas de mi hija se convirtió, sin que nadie lo sospechara, en la primera noche de mi nueva vida de sumisión total ante mi suegra dominante.

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