La llamada que me dejó empapada en la oficina

Mujer joven y seductora

—Sí, justo ahora… estoy en la sala de reuniones del fondo, la que nadie usa después de las seis. Calla y escúchame.

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Mi voz salió más ronca de lo que pretendía. Tenía el teléfono pegado a la oreja, la falda subida hasta la cintura y dos dedos hundidos entre mis labios hinchados. Al otro lado de la línea, Lucía respiraba fuerte, como si estuviera corriendo. Sabía que estaba en su coche, aparcado en el garaje subterráneo de su edificio, con las luces apagadas.

—Cuéntame todo, Carla. No te dejes ni un detalle —susurró ella.

Empecé a mover los dedos más despacio, disfrutando del sonido húmedo que hacía mi coño cada vez que los sacaba y volvía a meterlos. La oficina estaba en silencio absoluto; solo el zumbido del aire acondicionado y mi propia respiración entrecortada. Había cerrado la puerta con llave, pero el riesgo de que el vigilante nocturno pasara por el pasillo me ponía todavía más cachonda.

Todo había empezado esa misma tarde. Llegué tarde a la junta porque el metro decidió averiarse justo cuando más prisa tenía. Entré sudada, con la blusa pegada al pecho y el pelo pegado a la nuca. Él ya estaba allí, sentado al final de la mesa larga de cristal: Marcos, el nuevo director de proyectos. Treinta y ocho años, traje gris impecable y una forma de mirarme que me desarmaba desde la primera semana que pisó la empresa.

Durante toda la reunión sentí sus ojos clavados en mis piernas cruzadas. Llevaba unas medias negras con costura trasera que había comprado el fin de semana anterior, solo porque me recordaban a las que usaba mi madre cuando yo era adolescente y me gustaba espiarla mientras se vestía. Cada vez que cambiaba de postura, la costura se marcaba un poco más. Noté cómo él tragaba saliva.

Cuando la reunión terminó, todos salieron en tropel hacia los ascensores. Yo me quedé recogiendo mis papeles con deliberada lentitud. Él se acercó por detrás, tan cerca que pude oler su colonia mezclada con el calor de su cuerpo.

—Carla, ¿tienes un minuto? Necesito que revises unos números conmigo antes de que te vayas.

Su voz era baja, casi un ronroneo. Asentí sin mirarle a los ojos. Fuimos a su despacho. Apenas cerró la puerta, el aire se volvió espeso. Me apoyé contra el borde de su escritorio, fingiendo que leía el informe que me tendía. Sus dedos rozaron los míos al entregármelo. Un segundo. Suficiente.

—Sabes que no te llamé para hablar de números, ¿verdad? —dijo de repente.

Levanté la vista. Sus ojos eran oscuros, hambrientos. Di un paso hacia él sin pensarlo. Nuestras bocas se encontraron con violencia, como si lleváramos meses conteniéndonos. Su lengua sabía a café y a deseo. Me levantó la falda con una mano mientras con la otra me agarraba el pelo de la nuca. Gemí dentro de su boca cuando sus dedos encontraron el encaje húmedo de mi tanga.

—Joder, estás empapada —gruñó contra mis labios.

Me dio la vuelta, me inclinó sobre el escritorio y me bajó las bragas de un tirón. Escuché cómo se desabrochaba el cinturón. El sonido metálico me provocó un escalofrío que me recorrió toda la columna. Sentí la cabeza gruesa de su polla frotándose entre mis labios, repartiendo mi humedad. Empujó de una sola vez, hasta el fondo. Grité. Me tapó la boca con la mano.

—Shhh… no queremos que nos oigan, ¿no?

Empezó a follarme con fuerza, haciendo que mis tetas se aplastaran contra la madera fría del escritorio. Cada embestida hacía que mi clítoris rozara el borde de la mesa. Estaba a punto de correrme cuando sonó el teléfono de su mesa. Era la extensión interna. Él no paró. Siguió clavándomela mientras contestaba con voz perfectamente profesional.

—Sí, estoy terminando una cosa… Claro, en diez minutos estoy allí.

Colgó y me susurró al oído:

—Tienes que irte ahora. Pero quiero que hagas algo por mí.

Sacó su polla brillante de mi coño, me hizo girar y me puso de rodillas. Me metió la verga hasta la garganta sin aviso. Chupé con ganas, saboreando mi propio jugo mezclado con su sabor. Me corrí solo con eso, con la polla llenándome la boca y dos dedos míos frotando mi clítoris hinchado.

Se corrió poco después, sujetándome la cabeza mientras me llenaba la garganta con chorros calientes y espesos. Tragué todo, mirándole a los ojos. Cuando terminó, me limpió la comisura de los labios con el pulgar y sonrió.

—Ahora vete a casa. Pero esta noche, a las once, quiero que me llames desde la oficina vacía y me cuentes exactamente cómo te tocas pensando en esto. Y no te corras hasta que yo te lo diga.

Por eso estaba ahora aquí, en esta sala oscura, con la falda arremangada y el teléfono en la mano, contándoselo todo a Lucía en vez de a él. Porque cuando llegué a casa y me duché, me di cuenta de que no quería esperar hasta las once. Necesitaba contarlo ya, compartirlo con alguien que entendiera exactamente lo que sentía.

—Sigue, por favor… —jadeó Lucía al otro lado—. ¿Estás tocándote ahora?

—Sí… tengo tres dedos dentro. Estoy empapando la silla de la sala de reuniones. Imagina si mañana alguien nota la mancha.

Lucía soltó una risita nerviosa que se convirtió en gemido.

—Quiero que te corras pensando en su polla abriéndote mientras él hablaba por teléfono como si nada. Quiero oírte.

Aceleré el movimiento, frotando mi clítoris con la palma mientras mis dedos entraban y salían cada vez más rápido. Recordé la forma en que Marcos me había mirado mientras me follaba, la presión de su mano en mi nuca, el sabor salado de su corrida bajando por mi garganta.

—Lucía… me voy a correr… joder…

El orgasmo me golpeó como una ola. Me mordí el labio para no gritar, pero aun así se me escapó un gemido largo y ronco. Mis piernas temblaron tanto que tuve que apoyarme contra la pared. Escuché cómo Lucía también se corría al otro lado, sus jadeos entrecortados llenando la línea.

Cuando recuperé el aliento, me bajé la falda con manos temblorosas. El tanga estaba inservible; lo guardé en el bolso. Me senté un momento en la silla, todavía con las piernas abiertas, sintiendo cómo mi coño palpitaba con los últimos espasmos.

—Mañana te cuento el resto en persona —le dije a Lucía con voz satisfecha—. En el café de siempre. Y trae ese vestido rojo que te pone tan puta. Creo que voy a necesitar una amiga muy comprensiva… y muy mojada.

Colgué sin esperar respuesta. Apagué la luz de la sala y salí al pasillo desierto, sonriendo en la oscuridad. Mañana sería otro día en la oficina. Pero esta noche, todavía olía a sexo y a secreto.

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